jueves, 22 de noviembre de 2012



 

Tres hermanas casaderas, Soledad, Julia e Irene, conocieron a un joven y apuesto caballero, licenciado en letras y las tres se enamoraron de él. Pero el caballero no se atrevía a decir de cuál de las tres hermanas estaba enamorado. Como no se declaraba a ninguna, las tres hermanas le rogaron que dijera claramente a cuál de las tres amaba. El joven caballero escribió en un poema sus sentimientos, aunque "olvidó" consignar los signos de puntuación, y pidió a las tres hermanas que cada una de ellas añadiese los signos de puntuación que considerase oportunos. La décima era la siguiente:

Tres bellas que bellas son
me han exigido las tres
que diga de ellas cual es
la
 que ama mi corazón
si obedecer es razón
digo
 que amo a Soledad
no a Julia cuya bondad
per
sona humana no tiene
no aspira mi amor a Irene
que no es poca su beldad

Soledad leyó la carta:

Tres bellas, ¡qué bellas son!,
me han exigido las tres
que diga de ellas cuál es
la
 que ama mi corazón.
Si obedecer es razón,
digo
 que amo a Soledad;
no a Julia, cuya bondad
per
sona humana no tiene;
no aspira mi amor a Irene,
que no es poca su beldad.

Julia en cambio:
Tres bellas, ¡qué bellas son!,
me han exigido las tres
que diga de ellas cuál es
la
 que ama mi corazón.
Si obedecer es razón,
¿Digo
 que amo a Soledad?
No. A Julia, cuya bondad
per
sona humana no tiene.

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